Esta fue la última parte de la serie de seis textos que se publicaron bajo este nombre. Dejé para el final lo que para mí fue la parte más impactante de toda la visita: los efectos que para la vida en sociedad ha tenido la plaga del tráfico de drogas. Aquí se los dejo
(RESUMEN DE PRIMERA PLANA)
Medellín: una senda de sangre, compra de conciencias y muerte
- Convulsionó el narcotráfico ciudades enteras
- Un manto benefactor que sedujo a pobres y ricos por igual
IRMA ROSA MARTINEZ
MEDELLIN, Colombia, 10 de octubre.- El narcotráfico regó su sangre envenenada y contaminó todo cuanto encontró a su paso. Hizo que se le perdiera el aprecio a la vida y los seres humanos se volvieron desechables. Trastocó valores, compró conciencias, convulsionó ciudades enteras y segó miles de vidas.
Envuelto en un manto benefactor, cautivó a los pobres. Las clases medias vieron en él un mundo de aventura y dinero. Y los ricos no resistieron la tentación de mayores riquezas y poder.
Pablo Escobar y los Rodríguez Orejuela son personajes ya míticos de la historia colombiana. Son héroes y villanos, bienhechores y verdugos. Son algunos de los grandes responsables de la tragedia de este país. Y todos, cada uno a su modo, son protagonistas de esta guerra sin fin que es el mundo del narcotráfico.
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Niños, los sicarios "paisa" de los cárteles
Medellín,Colombia, 10 de octubre.- Era una niña de 13 años y ya se había hecho dura a fuerza de vivir en las comunas. Amigos de su edad eran sicarios que trabajaban para el narcotráfico y muchos de ellos ya acumulaban varias marcas en las cachas de sus pistolas. "¿Pistolas? No, eso es chatarra, aquí usamos rifles al parejo que la policía".
Por eso no dudó cuando su padre le prohibió salir con el Jimmy porque era mariguano y miembro de una banda del barrio.
"Mi papá ya no me deja salir contigo. Mátalo", era una orden y fue cabalmente obedecida. Era la época dura del narcotráfico comandado por Pablo Escobar cuando hizo de las comunas de Medellín el centro perfecto de reclutamiento de asesinos a sueldo. A ella no le gustaban "los bobos". Tenía que ser un pillo. Como al resto de las jovencitas, le gustaban los que la pudieran defender.
El fiscal que conoció el caso reconstruye el cuadro:
Al día siguiente, el novio, que tenía 17 años, dejó solo un rato a su padre que vendía buñuelos muy de mañana, y se fue a esperar al que ya nunca sería su suegro. Y así de fácil el señor dejó de ser problema.
En Colombia, los menores de 18 años ni siquiera caen a la correccional. No hay espacio para tantos.
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Como célula cancerosa que invade, se extiende, carcome y mata, los cárteles de la droga penetraron todos
los sectores de la sociedad colombiana sin distingo de clase social, sexo o profesión. Envueltos en un aura de altruismo, riqueza, acción y aventura, los narcotraficantes se hicieron presentes y trastocaron valores y principios. Y la mayor pérdida fue el aprecio a la vida.
Aquí sí que la vida no valió nada durante un buen periodo de la historia de la ciudad, durante el auge y decadencia del cártel de Medellín, comandado por Pablo Escobar Gaviria. Y aun ahora, los que aprendieron a matar lo siguen haciendo, así sea por defender "su territorio".
El narcotráfico dio empleo a los pobres, los convirtió en sicarios; ofreció acción y aventura a la clase media cuyos jóvenes, como "mulas" conocieron la emoción de los viajes y del dinero fácil; y aprovechó a los ricos para "blanquear" su dinero y extorsionar a otros ricos.
No hubo discriminación.
Y peor aún. Afectó la vida de mucha otra gente que no la debía ni la temía.
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"El Tino", uno de los jefes de banda más aguerrida de la comuna noroccidental, por quinta vez preso en la cárcel de Bellavista, cuenta cómo lo reclutaron para trabajar con Pablo. Fue sicario.
"Por decir algo, Pablo Escobar tenía su aparato militar, entonces ese era el jefe de todas las bandas de Medellín y tenía a cuatro o cinco sicarios que controlaban a todos. En todos los barrios de Medellín ubicaban a quienes lideraban las bandas y los mandaban a trabajar a la 'oficina'. Iban y decían: 'Yo tengo tantos pelaos en mi barrio', y cuando había necesidad de poner bombas y todas esas cosas, ellos ya cogían a tres o cuatro 'pelaos' de cada barrio. O cuando se fue a la guerra el cártel de Medellín con el de Cali, reclutaron jóvenes en toda la ciudad. Yo me acuerdo que de mi barrio participamos como 35 para ir a Cali a matar gente por allá y eso..."
Y cuando Escobar le declaró la guerra otra a los policías que lo traicionaron, pagaba 5,000 dólares por cada cabeza que le entregaran.
"Era mucha plata; si el salario mínimo era 20,000 pesos (20 dólares) a la semana, trabajando como un negro y que le dieran a uno cinco millones por matar un policía... si además era bien fácil... para ser policía sólo se necesita tener cédula y ser pero bieeen bruto".
Escobar conformó "oficinas", alrededor de 10, y cada una tenía entre 600 y 700 "pelaos".
"Eramos 7,000 jóvenes más o menos dedicados a trabajar para el narcotráfico, prestar servicio al mejor postor, al que mejor nos pagaba y era 'el doctor' (Escobar) el que nos pagaba."
Él es parte de la vieja guardia de los sicarios "paisa" y le ha tocado enterrar a muchos de sus amigos.
"Mi primera banda era de 47 'pelaos'. Sólo quedo yo. Ahora tengo una con 323 y ya no quiero que se sigan muriendo".
Cuando mataron a Escobar y prácticamente terminó el cártel de Medellín, "todos nos quedamos sin empleo y nos quedamos sin na'. Ya nadie patrocinaba na', quedamos todos en las comunas de Medellín en todos los barrios, regados sin saber qué hacer".
Y los jóvenes empezaron a robar. Y siguieron matando.
"Y decidimos que si íbamos a robar o cometer delitos, no lo íbamos a hacer en las comunas de nosotros. Y tampoco íbamos a permitir que otros vinieran a robar acá. Y si alguien lo hacía, había que matarlo; así comenzaron las guerras en las comunas, y muchas veces no sabíamos ni por qué nos matábamos."
Son herederos de la cultura del narcotráfico; han debido delinquir hasta para ya no delinquir.
"Nadie nos da trabajo. Nada más saben que vivimos en las comunas y ya no nos quieren. ¿Cómo quieren que ya no robemos? Pues fuimos al centro, robamos dos bancos y sacamos para poner una microempresa. Ahora muchos de mis parceros (cuates) andan vendiendo productos de casa en casa."
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En un taxi, en Cali.
-Y, ¿usted conoció a los Rodríguez Orejuela?
-Uy, sí, como no, muy buenas personas. Ayudaban a la gente, le prestaban dinero, dieron muchos trabajos. Gente muy buena. A muchos les regalaron taxis.
Efectivamente, los meros jefes del cártel de Cali dieron 300 taxis, pero no fue de gratis. Sus choferes iban equipados con radio-localizadores y teléfonos celulares para reportar el menor movimiento de la policía. Nunca recogían pasaje. Sólo estaban para eso.
Eran las rutas 10 y 11.
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Le dieron 48 horas para dejar su taller, su casa, su tierrita y sus animalitos. El dueño del laboratorio de cocaína, al que le entregaba tambos y filtros que él fabricaba, le dio la noticia.
"Que tienes que ir a colaborar con la guerrilla allá arriba, a tirar avionetas de las que vienen a fumigar los cultivos de coca."
A Edgar le iba bien. A ese pueblito llamado La Hormiga, en el Putumayo, zona coquera, había llegado hace 11 años y, como todos, algo de trabajo encontró en la complicada cadena que implica la elaboración de cocaína.
Dijo que no, que por qué. Se resistió y 10 minutos antes de que se cumpliera el plazo llegaron los guerrilleros. Esos alzados metidos a proteger a narcos, que le cobran "impuestos" y así financian su lucha.
"Tuvimos que dejar todo, la tierrita, la casa, los enseres, el taller. Tengo cuatro niños y uno es recién nacido. Y sólo nos salimos con lo que teníamos puesto."
-¿Y si no lo hacía?
- Ahí mismo me mataban, como ya lo han hecho con otros. A dos de mis empleados los ejecutaron en la puerta de mi taller.
En esa ocasión, junto con él tuvieron que salir de La Hormiga otras 13 familias.
Alguien recurrió a un hermano. Apenas unos días después tuvo que salir de ahí también porque ya lo habían localizado. "Ya sabemos dónde estás", dijo una voz por teléfono.
Otra forma de la violencia asociada al narco.
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Se llama "Alejandro Echavarría", pero todos lo conoce como barrio "Pablo Escobar". Fue durante la campaña política con la que aspiró a ser representante a la Cámara cuando el capo del cártel de Medellín impulsó un programa llamado "Medellín sin tugurios" (casa de cartón). Y regaló 2,000 viviendas. Se las dio sobre todo a los trabajadores del tiradero de basura y otra gente pobre.
Son casas bien construidas en una zona aledaña a las comunas.
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Era demasiado joven para ser fiscal y le tocó la época más dura de la persecución contra Pablo Escobar. Quizá por eso tuvo valor para salir por las noches, disfrazada con "jeans" y una cachucha, para tomar declaración a los narquillos que se ocultaban en algún lugar de la ciudad y se querían entregar o estaban dispuestos a dar información sobre el cártel de Medellín. Después de que Pablo había mandado asesinar a sus dos mejores amigos porque no quisieron ya financiar su ola de terror, todos los otros se aterrorizaron y prefirieron colaborar con la autoridad.
Era fiscal sin rostro pero alguien la traicionó y fue identificada. Uno de sus acusados ordenó ubicar al esposo y fue citado por la mafia para mandar un mensaje a la fiscal. Ya sabían quién era, dónde vivía y, por supuesto, que tenía dos pequeñas hijas. Más valía que "colaborara" con el narco porque la vida de las niñas estaba de por medio. Además, le convenía.
Tuvo que mudarse de ciudad y sus hijas tuvieron que acostumbrarse a vivir con escoltas. El marido no aguantó y se fue por un tiempo. Ya volvió.
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"Muchos de los que fueron mis compañeros de escuela están presos o están muertos. Otros andan por ahí sin saber qué hacer porque dejaron los estudios cuando alguien les dio plata por hacer unos trabajitos."
Ana María, quien estudió periodismo y una maestría en ciencia política, platica cómo el narco penetró también entre los sectores de clase media alta, los que podían asistir a una escuela particular y a quienes realmente nada les faltaba. Quizá sí, no tenían una gran moto ni mucha plata para presumir frente a las novias.
Además, muchos otros jóvenes iban y venían a Estados Unidos y regresaban con mucho dinero. Era fácil.
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Todavía se escuchan petardos de repente y luego largas balaceras cerca de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores de las Estancias. El padre Oscar Vélez refiere que en estos barrios de las comunas, los milicianos están fuertemente enfrentados con los bandidos. En La Sierra, colonia que está hasta mero arriba, los simpatizantes de la guerrilla se odian a muerte con los hijos del narcotráfico, esos que trabajaron para Pablo Escobar, se drogan y asaltan a la gente. Estos viven en La Cañada y apenas los divide una calle.
Pero algo ya se avanza para pacificar a estas comunidades. El padre está organizando serenatas y lleva a la gente a donde antes no podía entrar sin que les exigieran "vacuna", o una especie de impuesto de guerra.
"No tengo como mira inmediata la paz, lo que más me importa es la vida. Nos toca sembrar ganas de vivir, que la gente le encuentre gusto a la vida."
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Diego Londoño pertenece a la clase pudiente de la sociedad "paisa", como se llama a los oriundos de Medellín. Cercano de Pablo Escobar, utilizaba sus relaciones con los hombres más acaudalados de Colombia para facilitar los secuestros ordenados por el capo. Así, el cártel tuvo la información adecuada para plagiar a una integrante de la familia Santo Domingo, uno de los clanes más poderoso del país, y que reside en Nueva York. Hasta allá se envió gente para organizar el secuestro.
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Restaurantes y discotecas tuvieron que cerrar. La gente terminaba sus jornadas diarias y se recluía en sus casas. No podían evitar el sobresalto ante los continuos estallidos de bombas. Nunca se sabía dónde podría ser la próxima. El servicio telefónico se bloqueaba porque todos querían saber de los suyos. Después se canceló el servicio de "beepers" porque era la forma con la que se comunicaba la gente de Pablo Escobar. Fue una época de terror.
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-Nos tenemos que ir en seguida. Salir de aquí y olvidarnos de todo esto.
-Pero ¿por qué? Yo quiero saber qué pasó con nuestro hijo. ¿A ti no te parece una prioridad?
-Sí, claro, pero me están buscando los señores de Cali y me van a matar.
Telenovela "Prisioneros de Amor" que transmite la televisión colombiana.
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Sigue hablando "El Tino":
"La mamá de uno no hacía sino llorar y cuando se daba cuenta de que uno iba y le regalaba plata; le daba 200,000 pesos, cuando mi papá, si trabajaba, ganaba 20,000 cada ocho días, y que uno llegara a regalarle 200,000... No, no hacía preguntas. Ella se imaginaba que uno andaba en algo que no era bueno. Y le daba tristeza y eso. Yo sentía a mi mamá muy triste. Cada que veía me iba para la calle, la veía cuando me miraba, como con esa mirada de '¿será que va a volver, me lo irán a matar?' O cuando llegaba ya a dormir, la tranquilidad de que había llegado bien, que no tenía nada y eso. A mí me han dado cinco tiros, y cada que uno llegaba con un tiro y eso, la mamá me decía: 'Ay, m'hijo, esa vida que estás viviendo'. Y yo le decía: 'Quién nos va a dar la comida, cucha (mamá)'."
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-¿Por qué trabajó con Pablo Escobar?
Finquero, dedicado a la cría de ganado. Sin necesidad de delinquir.
-Si me pregunta no le puedo contestar. No sé... no sé, él tenía algo. Me enamoré de él, con sus virtudes y sus defectos. Y cuando me lo pidió, no lo dudé ni un segundo-, dice enfatizando el "ni".
Lleva varios años preso y no le importa.
-¿Que cómo estoy? Feliz, feliz- acentúa - sólo por haber conocido a Pablo.
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El léxico se ha enriquecido aquí: narcodemocracia, narcoescándalo, narcoplata, narcopolítica, narcómicos, narcosubversión, narcoempresa.
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"El Pipe" Avila, seleccionado nacional, dedicó un gol a los hermanos Rodríguez Orejuela, capos del cártel de Cali, que alguna vez fueron propietarios del América local. René Higuita, hoy jugador del Veracruz, solía visitar a Pablo Escobar en la cárcel.
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Agente de inteligencia en Cali:
"Aquí, donde le apriete, sale pus".
Este es otro de los textos de la serie sobre la Lección de Colombia. En este material se ofrece un panorama de la penetración del narco colombiano en la política de su país. Para dar una idea de lo que fue, sólo un dato: la campaña presidencial de Ernesto Samper recibió cajas repletas de dólares del Cártel de Cali, y quien los recibió fue el tesorero de la campaña. Durante mi viaje a Colombia tuve la oportunidad de platicar con él, en la prisión domiciliaria que cumplía.